Sole, como víctima.
Sole siempre hacía lo mismo.
Primero me llamaba llorando. Daba igual la hora, podía estar yo leyendo, o en el cine, que el móvil sonaba interrumpiéndome sin contemplación alguna.
Luego se enjuagaba la cara y se maquillaba. Se maquillaba bastante. Ya fuese a comprar el pan, a darse un baño en la playa o a llorarme sus penas, que Sole llevaba más maquillaje que una compañía entera de mimos.
Llegaba a mi casa y se volvía a poner a llorar. Yo siempre tenía preparadas las toallitas para que se limpiase la cara.
El número de Sole. El histriónico número de la histriónica Sole.
Solía tardar entre hora y cuarto u hora y media en contarme todas las desgracias que desgraciadamente le ocurrían a la desgraciada y pobre Sole; y unos diez minutos en hacer promesas que luego no cumpliría.
Las primeras veces ponía toda mi atención y mi capacidad mental en aconsejarla. Pero, al igual que el pueblo se cansa de escuchar promesas de los políticos, yo me cansé de las palabras de Sole.
La oportunidad de salir corriendo siempre estuvo ahí. Pero a Sole la opción de embellecerse a través del dolor la atrapó y jamás la soltó.